No se sabe qué apareció antes; no queda claro si la “odiada” ansiedad es la causa o la consecuencia de algunas conductas que despreciamos.
La ansiedad es algo que continuamente maldecimos y aborrecemos; cuando aparece tenemos la sensación de pérdida de control de uno mismo y de la situación, es por ello por lo que deseamos que nunca se hubiera apropiado de nuestra manera de ser para darnos a conocer una “segunda personalidad”. Sin embargo, la ansiedad es una función positiva que poseemos. ¿Qué sería de nosotros si no actuáramos sin pensar cuando, por ejemplo, estamos delante de un león? Simplemente, no seríamos nada porque pensaríamos demasiado como para darnos tiempo a huir. Está diseñada para que actuemos en momentos en los que la actividad de pensar nos puede llevar incluso a la muerte ya que hay situaciones en las que no nos podemos permitir el lujo de perder el tiempo. Se ha producido entonces un proceso de aprendizaje en zonas cerebrales mucho más rápidas que las del pensamiento (“estar delante de un león no nos conviene”). Tiene por tanto un carácter adaptativo e inconsciente.
Otra cosa totalmente distinta es que este proceso de aprendizaje, como todos, puede realizarse de manera errónea, es decir, que también se puede aprender a temer a determinados objetos o situaciones llegando estos incluso a no permitirnos realizar las actividades normalmente; nos hacen la vida imposible sin que podamos razonarlas. Un ejemplo claro es la posibilidad de tener fobia (miedo) a espacios abiertos o a un tenedor, pudiendo experimentar mareos, sudoración, taquicardia, etc. De la misma manera que aprendemos a huir de un felino sin pararnos a pensar en dicha situación (aún sabiendo que tenemos escasas posibilidades de sobrevivir), también se puede aprender a tenerle miedo a algo aparentemente inofensivo como un tenedor. Son aprendizajes que no entran dentro de la lógica pensante, pero que igualmente generan a nuestro cuerpo la necesidad de reaccionar emocionalmente ante ellos.
En incontables ocasiones reaccionamos, saltamos o corremos, cuando nos parece ver un estímulo que no nos es grato como, por ejemplo, “un insecto”; pero la realidad es que siempre terminamos preguntándonos por qué hemos reaccionado así, si solamente era “una mancha en el suelo”. Si alguna vez hemos tenido una experiencia con un insecto parecido a esa mancha, experiencia que ha sido grabada por nuestro cerebro como “negativa”, es muy probable que esto ocurra.
Esto se produce porque nuestro cerebro nos ha preparado para detectar, en milésimas de segundo, distintos componentes que, si coinciden con un estímulo que reconocemos como aversivo (objeto no deseado) para nosotros, nos hará reaccionar de manera inconsciente. Por ejemplo, si la dichosa mancha es de color marrón o negro y mide aproximadamente cuatro centímetros de longitud, en principio ya comparte algunas características con nuestra imagen de una “cucaracha”; suficiente para “huir” rápidamente de ella incluso antes de que llegue tal información a nuestro pensamiento. ¿Por qué hemos huido si sólo era una cucaracha? Porque antes de haber pensado esto, la información ya ha llegado al sistema de las emociones e incluso nos ha dado tiempo a reaccionar. Para cuando pensemos en el resto de componentes que no coincidan con dicho insecto (la mancha no tiene relieve, no tiene patas, etc.) ya habremos reaccionado de manera inconsciente. Es por esto que las emociones parecen controlarnos en todo momento y es que en realidad actúan mucho más rápido que los pensamientos. Los pensamientos se limitan a justificar lo que ya hizo la emoción y necesitan de un entrenamiento para llegar a convivir de manera coherente con el mundo de éstas y de alguna manera canalizarlas con efectividad.
La dificultad que tenemos a la hora de explicar de manera coherente una reacción de tipo ansioso, junto a la necesidad que posee el ser humano para buscar explicaciones a todo aquello que ocurre a su alrededor (dado que así tenemos la sensación de acercarnos a un control más exacto de nuestro entorno y de nosotros mismos), hace que en muchísimas ocasiones no acertemos en los argumentos que utilizamos para explicar por qué se ha producido tal reacción. No tenemos más que recordarnos argumentando las causas de un día de mal humor: “mal tiempo”, “mucho trabajo”, “una mala noche”, etc... Sin embargo, ¿quién no recuerda un buen día nublado o lluvioso, con mucho trabajo y una cena que alarga la noche más de lo pensado? No solemos recordar que ese día nunca nos creó ningún tipo de reacción ansiosa, es más, hubo muchos soleados que fueron infinitamente peores y tampoco los recordaremos en el instante en que buscamos tales explicaciones.
Esto ocurre porque necesitamos que nuestros argumentos tengan sentido; si lo recordáramos no podríamos decir que nuestro mal humor se debe a que el día está nublado y tendríamos que buscar alguna otra explicación que muy probablemente nunca encontraremos porque sencillamente no podemos hacer comprobaciones científicas cada vez que ocurre algún acontecimiento; de esta manera economizamos nuestro tiempo. En el caso de la ansiedad ocurre exactamente lo mismo, creemos saber las causas de ésta pero con bastante frecuencia no acertamos. Lo cierto es que no queremos acertar, queremos quedarnos tranquilos porque creyendo conocer las causas, en cualquier momento en que nos lo propongamos la reduciremos.
La ansiedad puede pertenecer a nuestra manera de ser, o bien, la podemos sufrir durante un periodo de tiempo debido a una serie de estímulos que, en algún momento, desencadenaron un nivel de ansiedad más alto de lo normal y así permaneció grabado. En ocasiones dichos estímulos están bastante claros y en ocasiones no tanto. Podemos atribuir nuestra ansiedad, por ejemplo, a la llegada de nuestro primer hijo, aunque siempre habrá alguien que nos recuerde cuántas veces hemos reaccionado de igual manera y desde siempre, incluso antes de saber que esperábamos descendencia. Puede ser que el niño no sea el motivo de nuestras reacciones ansiosas, sino una nueva situación que nos sirve para proyectarlas. ¿Apareció nuestra ansiedad cuando tuvimos a nuestro primer hijo o apareció ella antes que él?
No debemos olvidar que una cosa es la ansiedad y otra muy diferente es cómo la manifestamos. Se puede sufrir ansiedad por un determinado estímulo que nos haya asustado y salir corriendo...aunque en otro momento también podríamos atentar contra alguien bajo el mismo estado. Por eso, a menos que estemos hablando de trastornos específicos como en el caso de las fobias, muchas veces es inútil buscar explicaciones a nuestro desmesurado nivel de ansiedad, ya que nos invadiría cada vez más el sentimiento de incontrolabilidad de la situación y podríamos estar ayudando a que aumente dicho estado. Sería conveniente pues adquirir instrumentos adecuados (como la relajación muscular) para poder combatir trastornos de ansiedad en los cuales los estímulos no están bien definidos.
Un trastorno es, básicamente, un problema. Un problema es, sin duda, algo que no podemos controlar, que no sabemos o no podemos solucionar en ese preciso momento. Si basamos una línea de intervención en el control de estímulos que no están definidos, aumentamos las posibilidades de fracaso. Tal vez debamos ser capaces de esperar a que aparezcan los problemas sabiendo apaciguarlos, esto es, por medio de técnicas de relajación, detección del pensamiento, etc. Respondiendo pues a las crisis de ansiedad con técnicas de este tipo, lógicamente, desaparecerá la percepción de incontrolabilidad de la situación. Si aprendemos a solucionar el problema, simplemente ya no habrá trastorno.
Es bastante frecuente que creamos que superar este tipo de trastornos supone erradicar la aparición de la ansiedad por completo; es por ello que perdemos el entusiasmo en terapias en las que se intenta responder a la ansiedad y no hacer que, por arte de magia, nunca más la suframos. La ansiedad, como ya hemos comentado, es un proceso adaptativo, o lo que es lo mismo, una reacción positiva de nuestro cuerpo, por eso ni podemos ni debemos pretender que desaparezca por completo; otra cosa muy diferente es el aprendizaje erróneo que podemos realizar en determinadas ocasiones, el cual sí debe ser objeto de terapia.
Lo único a lo que nos podemos acoger para asegurarnos de que no volveremos a sufrir una crisis de ansiedad es la estadística, aunque en ella siempre depositaremos probabilidades de que nos vuelva a ocurrir; es decir, nunca nos quedaremos tranquilos, incluso habiendo superado el trastorno. ¿Quién no ha tenido momentos de ansiedad por una situación concreta y, después de un largo periodo en calma, ha vuelto a recaer, cuando ya pensábamos que era “agua pasada”?
El objetivo principal de la terapia en este tipo de trastornos no definidos ha de ser llegar a controlar lo antes posible esa “absurda e ilógica” reacción y no pretender que nunca más vuelva a aparecer. Cuando hablamos de personas que “nunca se ponen furiosos”, hablamos de un buen control de la furia y no de la ausencia de ésta, es decir, que la furia sigue apareciendo pero son capaces de controlarla casi al instante. Son personas tan eficaces en su autocontrol que consiguen dar una imagen de sosiego absoluto y realmente consiguen un alto grado de tranquilidad.
Un trastorno es básicamente un problema. No tener reacciones emocionales es, con mucha probabilidad, un trastorno emocional. Controlar nuestras reacciones, una virtud poco frecuente.
viernes 7 de diciembre de 2007
La bondadosa Ansiedad
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miércoles 31 de octubre de 2007
Preguntas y/o sugerencias
En el apartado "comentarios" situado al final de la página, o bien a la dirección de email martelvictor@gmail.com, podrás realizar preguntas y/o sugerencias que se te puedan ocurrir respecto a cualquier tema. Intentaremos contestarte en el menor tiempo posible, para ello déjanos tu dirección de correo o, en caso de que lo así lo prefieras, te contestaremos en la misma página. Te agredeceremos cualquier intervención.
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domingo 28 de octubre de 2007
¿Quién paga la factura?
"Mi hijo tiene un problema y no sé qué hacer con él”
Una queja bastante frecuente, tanto como inculpar a los padres de los errores educativos que se buscan automáticamente cuando existe alguna conducta disruptiva por parte del menor. ¿Tiene alguien un problema o hay un problema entre algunas personas?
La relación interpersonal es un individuo más al que inculpar. Posiblemente nadie tenga un problema, ni de actitud, ni clínico; ni es un “desastre”, ni tampoco “hiperactivo”. Un sistema que, al retocarse, de repente la “enfermedad” propia del menor se convierta en propiedad de la situación.
Cuando valoramos los aspectos positivos de la actitud y comportamiento del menor, a veces nos encontramos afirmando una exitosa educación por parte de los progenitores o tutores de éste. Nos situamos en la piel del “condenado” con premisas sencillas:
-“me comporto inadecuadamente y soy culpable.”
-“me comporto adecuadamente y el éxito no es mío.”
-“¿en qué situación soy dueño de mi buena conducta?”
Por un lado pretendemos que se apropie de la responsabilidad de mejorar; por otro, que no sea el “culpable de haber mejorado”. La línea de actuación es clara y el desenlace también.
Éste es el primero de los problemas con los que se encuentra el menor, problema que además de básico parece clave en el proceso de intervención.
Si preguntamos como profesionales al tutor del menor cuáles son sus objetivos o esperanzas depositadas en las sesiones que se realizarán (pregunta aparentemente obvia), obtendremos a su vez, en buena parte de los casos, una respuesta obvia: “que no se comporte como lo hace habitualmente”, al mismo tiempo que abandonamos el despacho para descansar leyendo un buen libro en la sala de espera; el profesional hará cambiar al muchacho. Aún no se le ha preguntado al tutor por las condiciones que se dan en casa (normas, refuerzos, castigos, horarios, actividades extraescolares, etc.) y ya nos estamos alejando del problema.
Si estamos en lo cierto y el problema es de la relación y no de un individuo en concreto, hemos abandonado al menor con un desconocido en un asunto que, como mínimo, corresponde atribuir en esta ocasión a tres personas. No desmarcarnos en la sala de espera podría suponer un mal trago, revisar los pilares educativos que se han instaurado en casa; ¿al azar?, ¿con un propósito educativo concreto? Después de una respuesta a estas preguntas podremos discutir sobre el tiempo real del que disponemos para aplicar un buen estilo educativo en nuestra relación con el “condenado”, aunque parece cierto que no lo podremos adaptar si no disponemos de unas bases generales para educar a alguien. Quizá el profesional que se encuentra en el despacho a solas con nuestro hijo nos podría orientar sobre maneras válidas de proceder acorde a las circunstancias concretas del caso, buscando con ello una relación interpersonal entre tutor y menor que podría repartir el peso, tanto del fracaso como del éxito de la intervención (repartir el peso de lo que se está viniendo encima) y es que el concepto de relación está “muy trillado” con muchas acepciones, aunque algunos nos desmarquemos de las consecuencias de éstas.
Por otro lado, no olvidemos que el profesional no es el encargado de educar a nuestros hijos cuando tienen problemas, sino de instruirnos sobre ciertas pautas que podríamos utilizar nosotros mismos en el ámbito familiar para su educación.
¿Por qué me cobras esta factura?
Habiendo comentado un serio problema situado en el eslabón primario de la predisposición educativa, es momento de sugerir algunos apuntes a las personas que realmente crean que tienen algo que aportar a la educación de los menores con problemas o sin ellos (o sea, a partir del segundo eslabón).
¿Qué significa comportarse bien? ¿Qué imagen tiene una casa? ¿Sabe mi hijo cuál es mi imagen de “comportarse bien”?
Cómo explicarle a mi perro, sin que nos podamos comunicar como dos personas, que lo recogeré en la residencia canina de turno en quince días y que no lo he abandonado, evitando así que durante ese período de tiempo viva con esa incertidumbre; ¿reñimos a “Mel” por haberse puesto nervioso con las personas que lo trataron en aquel habitáculo de dos por dos?
Ojalá fuera una persona que, al comunicarse como yo, pudiera entender que será como ir de viaje de fin de curso teniendo así la seguridad de que en una semana nos volveremos a ver. Sin embargo, cuando podemos comunicarnos y explicar nuestras razones, muchas veces no lo hacemos, o si lo hacemos, no siempre actuamos de la misma manera (o al menos en la misma línea) cuando un menor tiene un comportamiento que no nos parece adecuado. Quizá sea una pretensión mucho más inconsciente por nuestra parte que la del primer eslabón. Damos por hecho que hablamos de un mismo concepto de “portarse bien”.
Se pueden apreciar determinadas situaciones como la de un niño de dos años que dice un “taco” y genera risa en algunos de los oyentes. ¡Premio para el padre y el niño!, pero de repente empieza a no ser tan gracioso cuando éste va creciendo; ¿ha cambiado algo para él? ¿Hay explicación para este tipo de cambios? No queremos que la haya porque tendríamos que asumir un error por nuestra parte: a los dos años a algunos les parece gracioso, con nueve, a casi nadie se le escapa que es un “mal educado” y lo que al principio era un orgullo por tener un hijo “avispado”, poco a poco empezó a ser una vergüenza. ¿Cómo subsanamos el error? Es sencillo: “¡eso no se dice!” Pretendemos que el menor deje de hacer cosas “porque sí”, sin mayores explicaciones, evidentemente, ¿cómo le explicamos que antes sí y ahora no?
En muchos casos una simple explicación al menor de las consecuencias que trae su conducta hace que mejore al menos en algunos aspectos su comportamiento, y es que a veces no sabe que las tiene, o no conoce su dimensión.
“No me des premios sin atención”
Por último deberíamos señalar una causa de mal comportamiento que parece ser muy sutil. Está relacionada con la frecuencia con la que reforzamos o castigamos a nuestros hijos durante el proceso de educación. ¿Existe algo más apreciable para un menor que un buen premio? Sí, la propia relación entre progenitor e hijo, independientemente de la dirección de ésta; puede tratarse de una buena o mala relación para el menor, incluso podemos valorar como nefasta cualquier relación interpersonal de terceras personas, pero siempre será más importante “esa relación” que cualquier otro premio preferido.
Es por esto que si acostumbramos al menor a que, en su ambiente familiar (o en cualquier otro), se le “haga caso” para castigarlo por mal comportamiento y “no tanto” cuando se le debería premiar por buena conducta, los premios que pudiera obtener por ésta última dejan de tener tanta importancia, comparado con una relación, sea cual sea, con su padre, madre o tutor; o lo que es lo mismo, sería capaz de comportarse mal, aún sabiéndolo, con el único objetivo de obtener atención.
¿Quiere decir esto que debamos reforzar al menor aunque “la tarea esté mal hecha”? Sí, por su esfuerzo, no, por la consecución. Aunque probablemente si seccionamos la tarea por partes, alguna la hará mejor que otra y, lo que es aún mejor, lo realizará con éxito; un éxito que se nos habrá pasado por alto si atendemos solamente al resultado global de la tarea. Así tendríamos una oportunidad de reforzar a nuestro hijo y elicitaríamos su esfuerzo para mejorar las partes que no ha superado hasta el momento.
Imaginemos que esa tarea fuera comparable a la personalidad del menor y, por tanto, la principal causa de su propio estilo educativo.
Una queja bastante frecuente, tanto como inculpar a los padres de los errores educativos que se buscan automáticamente cuando existe alguna conducta disruptiva por parte del menor. ¿Tiene alguien un problema o hay un problema entre algunas personas?
La relación interpersonal es un individuo más al que inculpar. Posiblemente nadie tenga un problema, ni de actitud, ni clínico; ni es un “desastre”, ni tampoco “hiperactivo”. Un sistema que, al retocarse, de repente la “enfermedad” propia del menor se convierta en propiedad de la situación.
Cuando valoramos los aspectos positivos de la actitud y comportamiento del menor, a veces nos encontramos afirmando una exitosa educación por parte de los progenitores o tutores de éste. Nos situamos en la piel del “condenado” con premisas sencillas:
-“me comporto inadecuadamente y soy culpable.”
-“me comporto adecuadamente y el éxito no es mío.”
-“¿en qué situación soy dueño de mi buena conducta?”
Por un lado pretendemos que se apropie de la responsabilidad de mejorar; por otro, que no sea el “culpable de haber mejorado”. La línea de actuación es clara y el desenlace también.
Éste es el primero de los problemas con los que se encuentra el menor, problema que además de básico parece clave en el proceso de intervención.
Si preguntamos como profesionales al tutor del menor cuáles son sus objetivos o esperanzas depositadas en las sesiones que se realizarán (pregunta aparentemente obvia), obtendremos a su vez, en buena parte de los casos, una respuesta obvia: “que no se comporte como lo hace habitualmente”, al mismo tiempo que abandonamos el despacho para descansar leyendo un buen libro en la sala de espera; el profesional hará cambiar al muchacho. Aún no se le ha preguntado al tutor por las condiciones que se dan en casa (normas, refuerzos, castigos, horarios, actividades extraescolares, etc.) y ya nos estamos alejando del problema.Si estamos en lo cierto y el problema es de la relación y no de un individuo en concreto, hemos abandonado al menor con un desconocido en un asunto que, como mínimo, corresponde atribuir en esta ocasión a tres personas. No desmarcarnos en la sala de espera podría suponer un mal trago, revisar los pilares educativos que se han instaurado en casa; ¿al azar?, ¿con un propósito educativo concreto? Después de una respuesta a estas preguntas podremos discutir sobre el tiempo real del que disponemos para aplicar un buen estilo educativo en nuestra relación con el “condenado”, aunque parece cierto que no lo podremos adaptar si no disponemos de unas bases generales para educar a alguien. Quizá el profesional que se encuentra en el despacho a solas con nuestro hijo nos podría orientar sobre maneras válidas de proceder acorde a las circunstancias concretas del caso, buscando con ello una relación interpersonal entre tutor y menor que podría repartir el peso, tanto del fracaso como del éxito de la intervención (repartir el peso de lo que se está viniendo encima) y es que el concepto de relación está “muy trillado” con muchas acepciones, aunque algunos nos desmarquemos de las consecuencias de éstas.
Por otro lado, no olvidemos que el profesional no es el encargado de educar a nuestros hijos cuando tienen problemas, sino de instruirnos sobre ciertas pautas que podríamos utilizar nosotros mismos en el ámbito familiar para su educación.
¿Por qué me cobras esta factura?
Habiendo comentado un serio problema situado en el eslabón primario de la predisposición educativa, es momento de sugerir algunos apuntes a las personas que realmente crean que tienen algo que aportar a la educación de los menores con problemas o sin ellos (o sea, a partir del segundo eslabón).
¿Qué significa comportarse bien? ¿Qué imagen tiene una casa? ¿Sabe mi hijo cuál es mi imagen de “comportarse bien”?
Cómo explicarle a mi perro, sin que nos podamos comunicar como dos personas, que lo recogeré en la residencia canina de turno en quince días y que no lo he abandonado, evitando así que durante ese período de tiempo viva con esa incertidumbre; ¿reñimos a “Mel” por haberse puesto nervioso con las personas que lo trataron en aquel habitáculo de dos por dos?
Ojalá fuera una persona que, al comunicarse como yo, pudiera entender que será como ir de viaje de fin de curso teniendo así la seguridad de que en una semana nos volveremos a ver. Sin embargo, cuando podemos comunicarnos y explicar nuestras razones, muchas veces no lo hacemos, o si lo hacemos, no siempre actuamos de la misma manera (o al menos en la misma línea) cuando un menor tiene un comportamiento que no nos parece adecuado. Quizá sea una pretensión mucho más inconsciente por nuestra parte que la del primer eslabón. Damos por hecho que hablamos de un mismo concepto de “portarse bien”.Se pueden apreciar determinadas situaciones como la de un niño de dos años que dice un “taco” y genera risa en algunos de los oyentes. ¡Premio para el padre y el niño!, pero de repente empieza a no ser tan gracioso cuando éste va creciendo; ¿ha cambiado algo para él? ¿Hay explicación para este tipo de cambios? No queremos que la haya porque tendríamos que asumir un error por nuestra parte: a los dos años a algunos les parece gracioso, con nueve, a casi nadie se le escapa que es un “mal educado” y lo que al principio era un orgullo por tener un hijo “avispado”, poco a poco empezó a ser una vergüenza. ¿Cómo subsanamos el error? Es sencillo: “¡eso no se dice!” Pretendemos que el menor deje de hacer cosas “porque sí”, sin mayores explicaciones, evidentemente, ¿cómo le explicamos que antes sí y ahora no?
En muchos casos una simple explicación al menor de las consecuencias que trae su conducta hace que mejore al menos en algunos aspectos su comportamiento, y es que a veces no sabe que las tiene, o no conoce su dimensión.
“No me des premios sin atención”
Por último deberíamos señalar una causa de mal comportamiento que parece ser muy sutil. Está relacionada con la frecuencia con la que reforzamos o castigamos a nuestros hijos durante el proceso de educación. ¿Existe algo más apreciable para un menor que un buen premio? Sí, la propia relación entre progenitor e hijo, independientemente de la dirección de ésta; puede tratarse de una buena o mala relación para el menor, incluso podemos valorar como nefasta cualquier relación interpersonal de terceras personas, pero siempre será más importante “esa relación” que cualquier otro premio preferido.
Es por esto que si acostumbramos al menor a que, en su ambiente familiar (o en cualquier otro), se le “haga caso” para castigarlo por mal comportamiento y “no tanto” cuando se le debería premiar por buena conducta, los premios que pudiera obtener por ésta última dejan de tener tanta importancia, comparado con una relación, sea cual sea, con su padre, madre o tutor; o lo que es lo mismo, sería capaz de comportarse mal, aún sabiéndolo, con el único objetivo de obtener atención.
¿Quiere decir esto que debamos reforzar al menor aunque “la tarea esté mal hecha”? Sí, por su esfuerzo, no, por la consecución. Aunque probablemente si seccionamos la tarea por partes, alguna la hará mejor que otra y, lo que es aún mejor, lo realizará con éxito; un éxito que se nos habrá pasado por alto si atendemos solamente al resultado global de la tarea. Así tendríamos una oportunidad de reforzar a nuestro hijo y elicitaríamos su esfuerzo para mejorar las partes que no ha superado hasta el momento.
Imaginemos que esa tarea fuera comparable a la personalidad del menor y, por tanto, la principal causa de su propio estilo educativo.
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